De como reír con vos, era tan natural.

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lunes, diciembre 31

Miradas Exploradoras


Sillón. El sillón tiene dos polos opuestos y continuos sin embargo. Y en cada punta, dos pares de ojos que se miran y se estudian. Ávidos. Buscan, curiosos, los detalles del otro, las características que lo hacen a uno persona. Y por definición, único.
Ella lo mira descubriendo un mundo, sentada con la espalda derecha, las gotas de la lluvia todavía cayendo por sus mejillas y pelo mojado. Los shorts de jean jamás le quedaron más apretados. Lo mira y va descubriendo sus brazos fornidos bajo la camisa completamente empapada, y sube. Sube hacia los hombros que le muestran una espalda que la cubre por doble, y sabe. Ya sabe, que la podría cubrir por entera, enredarla aunque ella gritara lo contrario. Y sube. El cuello y el escondite entre él y la oreja, pequeño, pero con perfume a refugio. Y sube a sus ojos marrones, ¿dónde nació en el chocolate sino es en ellos? ¿Dónde nació lo prohibido sino era en esos labios?
Él se sacude el cabello, para intentar secarlo sabiendo de antemano que no iba a tener ni el más mínimo éxito. Hasta que se percato de que estaba siendo observado y despacio, empezó a observar él también. El cabello ahora oscuro por el agua le caía alrededor del rostro blanco, blanco nieve. Y los ojos se le marcaban, se le marcaban a la perfección sin necesidad de maquillaje. Y los labios rodeados de pecas lo atraían con una fuerza magnética. Los shorts apretados por el agua que los había inundado, la blusa que rebelaba más de lo que podía aguantar y él que no sabía a dónde mirar, porque todo quería poder observar sin sentirse corrido por la vida, por el instante, por el aprovecha el momento. Maldito Carpe Diem. ¿Cómo acercarse a ella sin asustarla?
Ella cortó el juego de miradas exploradoras y se movió, pero no incómoda, y se acercó, aunque un mínimo centímetro y sus manos jugaban con las marcas del sillón. Él sonrió y se acercó más que un centímetro. Y el contacto entre sus ojos volvió a unirse, a enredarse, en uno. Dos pares de ojos que eran uno. Una mano de él terminó en la de ella y subió por su brazo, recorriendo cada uno de sus lunares y llegó a su cuello y ella se vio impedida de seguir mirándolo y cerró los ojos y él se acercó. Rostros a tan escasos centímetros. Y el tiempo detrás de él, por encima de él, a su alrededor, tic toc. Tic toc. Ambos manos de ella tomaron su rostro, de imprevisto, y juntaron labios. Unieron ojos, unieron labios. De más queda decir que unieron cuerpos. Tiempo se detuvo.
- Dijiste que no te iba a volver a ver, -sonrió él, divertido ante la espalda de ella desnuda.
- Y quién dijo que soy la misma de antes.

Evan se quedó atónito y se recostó en el suelo. ¿Dónde había quedado toda la química descubierta hasta hace unos momentos? Sintió el tic toc de vuelta, tic toc, detrás suyo, sobre su cabeza y todo a su alrededor. Ella se le subió encima pero él no la miró. Besó su escondite pero él siguió sin moverse, pensando.

- Evan -lo llamó ella. Él finalmente la miró, luego de unos segundos. - Antes fui una loca en un colectivo. Hoy soy yo. Yo entera. Mis lunares y mis cicatrices. No era antes ni la mitad de lo que soy ahora. Ahora soy yo porque tus labios besaron los míos y me diste realidad. Me diste existencia con sólo recorrer mi piel.

Él miraba, comenzando a sonreír. Analeigh lo besó de vuelta. Y su espalda volvió a acostarse en el suelo y la de él la cubrió por entera, la enrededo aunque ella quisiera gritar lo contrario.



Pero al despertar, no la encontró a su lado. Y él sonrió, sabiendo que el tic toc se había detenido en ese instante y que podía tranquilo esperar a que la vida se la trajera de nuevo. El algún otro colectivo, en alguna otra lluvia de aquellas, tormentosas. Después de todo se venía un año nuevo, ¿no?

viernes, diciembre 23

"Lindo Hongo"

Y si te sientes acorralado, no hay nada que te haga daño. La lluvia reconoce lo extraño de cada situación. Retumban las palabras en sus oídos y en cada arteria que recorre su cerebro. Y puede observar las cada vez menores gotas que iban cayendo de los árboles y carteles de la ciudad bajo el llanto. La luz era completamente blanca, perfecta para el fotógrafo adicto al blanco y negro, pero no tanto para aquellas mujeres quisquillosas por su cabello. Y de aquellas mujeres que se preocupan pero sin razón: Shine On dirían mis cocineritos. Y verlas caer, esperando el colectivo que jamás iba a llegar. Y ver las botas romper con toda la armonía del momento. Las botas negras y embarradas. Las botas negras y embarradas en forma de desenlace de esas piernas. Subió la mirada siguiendo el camino que esas botas caóticas le trazaron y llegó a un vestido negro, que caía suelto, y a un chaleco azul cielo, y el cabello ondulado y desastroso, armoniosamente desastroso (para contrarrestar claramente con las botas) bajo el bombin de Chaplin. Chaplin la hubiera amado. El grueso delineado en los ojos y la sonrisa de quien no tiene atadura alguna. Evan la miró cuidadosamente. El colectivo llegó, se subió tras ella. La tentación de quitarle el gorro era demasiado para él pero por suerte ella solucionó rápido el contacto con la máquina tragamonedas. Uñas verdes. Cuando él mismo pagó su boleto, se sentó detrás de ella en los asientos singulares. El colectivo callado y apenas iluminado, recorría las calles de la ciudad de los libros (puf) con el rutinario recorrido, tan solitario por ser tan temprano en la madrugada. - Lindo honguito, -murmuró entonces, sin pensarlo. - ¿Disculpame? -le respondió ella, intrigada. - Tu sombrero... Es un sombrero bombin, ¿no? Bueno también lo llaman sombrero hongo. Ella se lo quedó mirando, y se dio vuelta sin decir nada más. Cuando luego de un rato, él se despertó sobresaltado por el repentino detener del colectivo, la vio pararse y dirigirse a la puerta. Antes de que ella bajara, él debía decir algo y lo sabía. Algo antes de que bajara los tres escalones hacía la realidad y hacía la zona de no-más-oportunidades. Pero ella le ganó la mano: - ¿Después de tantos años, lo único que se te ocurre decirme, es que mi sombrero es un hongo lindo? Siempre creí que eras inoportuno pero hoy, lo confirmé. Y así se bajó Analeigh, con su sombrero hongo, su cabello desastroso, su vestido suelto y sus botas embarradas. Y el barro alcanzó los ojos de Evan, cosa de dejarlo inconsciente hasta la mañana siguiente.

viernes, junio 17

can't you see: you're beautiful?




- Fal tan só lo dos dí as.
- ¿En se ri o?
- Podemos ir a un concurso de deletreo.
- Na, los deslumbraríamos con nuestra inteligencia.

Ella rió sentada con las piernas balanceando sobre el borde del lago, él con su suéter rosa (de abuelo, cómico pero real) la miró.

jueves, marzo 24

Miel quería ser aquella chica de la cual él se enamorara por no tener miedo de mojarse bajo la lluvia


Huele a césped y a cigarrillo. ¿Cuántos recuerdos puede traer un suéter azul revolcado? ¿Un par, quizá? No lo sé, Miel tampoco. Tenerlo encima y sentir su respiración, rápida, y la sonrisita picarona, aquella de costado, y ella pudiendo leerlo entero. Si los perros hablaran, dirían tantas pavadas tan ciertas, pero por suerte no. Así que en la miradas se esconden los más profundos deseos, en las miradas se quedan los impulsos, y desde el iris del ojo a la uña del pulgar, la racionalidad. Siempre ahí presente. Como quisiera que la racionalidad inundara tu orgullo ahora. Ahogate, morite, volve a nacer. Y crash.
Pollera nueva, ahora rota. Luego cocida, en un futuro cerquita.

Miel se acostó en su cuarto, y se sintió tan vacía y tan...
¿Asqueada?

Es que podían haber mil labios en todo el mundo, y mil cuellos para morder, pero ella tenía en la boca del estómago a sólo un par. Y los extrañaba tanto que el corazón se le estrujaba hasta dejarla sin respirar, y lloraba del dolor. Porque duele. Duele duele duele. Y a vos no te importa. A Romeo no le importa, supongo habrá encontrado a su Julieta, y vio en Miel, sólo un amor de primavera. A la mierda con las hormonas y las flores, aprende que tu orgullo no te va a llevar a ningún lado. Apréndelo. Pero odiarlo no servía para nada, entonces se acostaba en su cuarto vacío a llorar o a escuchar sus padres pelear.

La noche cae, negra y el frió le entra por el suéter agujereado y ella sólo quiere saber si la quieres, y si la extrañas. Porque sino es así, si exactamente es lo contrario, si es que ya no la soportas y no pretendes más de ella, le gustaría que se lo dijeras.

Para poder conseguirse un pulmotor para seguir adelante.
Porque el corazón ya no le va a funcionar.

pd. ¿sabes lo que fue creer verte tomar el subte en Plaza Italia?

lunes, enero 17

que bajen tus labios y me callen,



Sentir icebergs entre los dedos, recordaba una vez que dijiste entre tipeos que tenías dos personalidades: la del Romeo jodido y la del Leandro hecho un principito de Saint Exupéry. Todos tenemos dos personalidades supongo. Todos nos hacemos los duros de vez en cuando, los que no nos importa, los que el frío no nos entra por debajo de la campera, ni se cuela por los huesos y nos deja húmedos con restos de nostálgicas noches en las que teníamos a alguien a quien abrigar o alguien quien se hubiera quedado desnudo para que nosotros no pasaramos frío.

El frío viento le revolvía los cabellos a Miel y ella reía entre cascañuelas junto a Agyness, que daba click y click a su cámara. Pero ¿y después?

Entre la oscuridad creía engañarse, entre el barro de lluvias pasadas y heladas no buenas para botas de ciudad. Cada parpadeo entre la oscuridad le abrían los ojos: "Dame la mano que te ayudo", era eso sólo lo que pedía. Sólo eso. Y después de noches que sacan caídas de ojos en mesas de ping pong. Entre cigarillos que perfuman la ropa y tales pañuelos y cruzan creencias en canciones de niños. Luego, amanecer entre hamacas aptas para no mayores de doce, y ver las ciruelas entre la tierra. Cable a tierra. Verlo con la guitarra que raspa las cuerdas bajo el árbol y tener frío y huír de lo peor. Huír de la tentación. Entre la oscuridad creía engañarse.

Pues el viento puede mandar a volar tal boina tan poco pesada Miel, sólo tienes que agarrarte a ella como si de eso dependiera tu vida.
Tres veces pueden querer arrancártela, pero ¿quieres entregarla a alguien más?



Tengo miedo de estar olvidándome de tu rostro, tengo miedo de que me deje de importar. Ay Romeo no me hagas olvidarte, ay por favor, decime que mi elección la pena valdrá.

domingo, julio 18

cuidame



Se ahogaba escuchando domingo astromántico. Se dejaba inundar, poco a poco entre notas, llevada por la corriente de la melodía. Hacía frío, tanto frío, y Miel lo necesitaba junto a ella, moría por decirle, en el cuello, entre sus brazos "quiero poder contar con vos", pero cuando llegaba el caso de la realidad, en la que él la tomaba del rostro para verle los ojos impregnados de alcohol, ella no podía decirle nada. La sola presencia de él, la tranquilizaba, pero ahora era tan efímero tal sentimiento, porque sabía que las cosas no estaban bien.

Ni con él,

ni con nadie.


Su Iaia se había ido, ido, ido.

Ido.

jueves, abril 15

y cuando llegaste me miraste y me dijiste"loco" estás mojado ya NO te quiero


Incluso la radio se complotaba contra él. No había pasado ni una semana, por Dios. Y aún así no había podido dejar de pensar en ella. En su voz, que no había oído en tanto tiempo y que por un rato la había vuelto a sentir, esa mezcla de ironía con ritmo cantante; voz desdeñada y esquiva, y otra vez una negativa: No, no y más no. ¿O quizá era una semana ya? Y encima ahora la radio pasaba Mil Horas dibujándole los oídos con los ojos de ella, siempre borroneados entre sombras negras y a veces, plateadas, bordeadas por un delineador fino y oscuro y las pestañas arqueadas y dentro: ese color verdoso con pintitas marrones. Quería volver a verla, algo en ella siempre le había fascinado esa negatividad indecisa. Esa que quería que se tornara en afirmativa, una sola vez más al menos, y besarla y tenerla en sus brazos. Esos ojos y esos labios eran tan difíciles de olvidar, ni Valeria había logrado sacárselos de la cabeza y los ojos y los sueños. Agustín quería ver a Miel y volverse loco otra vez, loco loco loco por besar esos labios, loco por tomarla de la cintura, loco y enredar las manos con el cabello loco de ella. Y los locos ojos y los locos labios y todo todo todo por un llamado un sábado a las 4. 13 de la madrugada, por las desganadas y algo rencorosas respuestas, todo por la loca de Miel.

Y eso que ella tenía también su sombrero. Maldita ladrona.