De como reír con vos, era tan natural.

sábado, agosto 1

Inconfundible

pd. se recomienda leer escuchando: The Wedding - Outlander OST

Los pies descalzos sentían la tierra fría de la madrugada, las hojas secas y algunas no tanto, sobre el polvo, el césped y las flores silvestres. Sólo bastaba dar un paso. Sólo uno.
Sólo un paso y luego otro para abandonar el peso que oprimía el pecho, para dejar atrás toda pesadilla, para olvidar todo miedo oculto.
Bastaba un movimiento tan digno de un niño. Un paso para acercarse a ella. Ella.
Ella y sus ojos. Sus ojos marrones verdosos, el cielo turbulento confundido con las tierras altas y vivas que hozan rozarlo. Ella y sus ojos miel.
Las primeras luces de la madrugada, los primeros rayos del sol naciente, chocaban ahora contra su cuerpo justo en el momento en el que la música de la fiesta parecía disminuir hasta alcanzar el silencio digno del origen de las cosas, del mundo y universo alrededor de ambos.
Sus pies se movieron nerviosos en la tierra. Pero no se movieron. Sólo existían esos ojos para él. Y los pasos que los distanciaban. Sólo un paso para volver a sentir esa calidez femenina entre sus manos, esos nudos imposibles en su cabello entre sus dedos. Ese desorden de pestañas haciéndole cosquillas en las mejillas. Sólo un paso para sentir sus mejillas suaves contra su barba sin afeitar por el viaje. Tan sólo un paso de sus pies vueltos piedra firme para volver a vivir esos labios. Labios con labios.
Y tenía que ser, pensó él. Él lo sabía. Si había un lugar y un momento para reencontrarse con ella, era éste. Una fiesta rústica, en el medio de las montañas británicas, cerca de los acantilados filosos y bajo el fatalismo característico de la filosofía cotidiana del siglo XVIII escoces. Sólo en una fiesta otrora considerada “pagana”, rodeados de música celta y mujeres vestidas para la ocasión, danzando como brujas alrededor del fuego ya casi consumido. Sólo cuando el suelo vibraba con cada paso de baile, volviendo a resurgir la tierra por las salpicaduras de cerveza artesanal y el sudor de los cuerpos vivos. ¿Dónde más sino en tierras encantadas para encontrársela? ¿A ella, loca brujita entre muchas, única loca entre pocas?
Sonrió ella entonces.
Eso bastó para inmovilizarlo contra la tierra. Esa tierra que amenazaba con romperse no en dos, sino en mil pedazos, ante el peso de la mirada de esos ojos miel, capaces de volverse fuego y derretir el más frío invierno de las altas tierras. Sus rodillas temblaban como un adolescente a punto de dar su primer beso. Los ojos miel de ella brillaban con el sol entre las colinas, pícaros y rebosantes de diversión. No paso mucho tiempo hasta que la vio acercarse.
Paso a paso -esos mismos pasos y distancias que él no había podido juntar las fuerzas para recorrer- hacia él. Y no sólo la música desapareció sino que las personas alrededor, hombres y mujeres, vikingos, pictos, normandos, ninfas, brujas y duendes, todos cesaron de respirar el mismo tiempo en el que él contuvo su respiración. Sólo respirar cortaría el hechizo en el que él se sentía sumido mientras la veía acercarse.
El cabello le caía desordenado más allá de los hombros, rozando sus caderas con el ir y venir de las mismas, en cada uno de sus pasos llenos de una gracia propia de una bailarina o de una bruja experta en seducción. Trenzas escondidas rebeldes entre el desorden de los cabellos bailarines, brillaban con los rayos de sol, entre las flores y ramillas. Si no la hubiera conocido bajo las luces nocturnas de una ciudad repleta de humanos-hormiga y semáforos, de bocinas y malhumores rutinarios, podría haberla confundido con una ninfa cuya alma y espíritu pertenecían a la tierra y al aire que se mezclaban para dar vida a los bosques entre las montañas áridas.
O quizá no. Ella era inconfundible. Sus ojos no eran los típicos verdes. Sus labios no eran del típico rosado. No. Ella era una ninfa urbana capaz de mimetizarse con cualquier escenario, hábil de improvisarse un vestido blanco y suelto y descalzar sus pies sin pudor de no seguir los protocolos propios de una dama al danzar despreocupada en la tierra pura.
Sonrió.
Aniñada.
Y cerca. Eso bastó.

El perfume de su piel a sol, sudor y naturaleza lo envolvió, mareándolo. Aunque también podríamos echarle la culpa a la cerveza... O la magia que se respira en las altas montañas...


sábado, julio 5

Rojo contra tu Azul. Cálido contra tu Frío.

Y despertar con el roce que rasga la piel, como el viento blanco de montañas no tan altas y lejanas. Despertar entre sábanas en tonos azulados, enredarse escapando de ese frío, ese frío blanco que viene con el viento, con las montañas, con tu distancia. Despertar entre sábanas que no son las mías, entre brazos que no deberían abrazarme, en fríos que no deberían entrar en mi habitación. Despertar sin abrir los ojos, y aún así, saberse en "casa", por sólo sentir la respiración ajena en la nuca, la barba que rasga, fría, como viento blanco invernal. Despertar cada mañana, siete días, un mes, con ojos ajenos clavados en los propios y el frío que viene con la sensación de una distancia tan corta, tan cerca, tan... Fría. Y blanca.
Despertar aún todo, roja. Despertar caliente por el recuerdo de cuerpos enlazados, de recorridas, de búsquedas implacables con las manos, de descubrimientos, de risas y enojos caprichosos. Despertar roja por la sangre que recorre las venas con casi tanta intensidad como lo hacían esas manos y su mismísimo recuerdo. Despertar roja caliente, sobreponiéndose al blanco frío de la respiración ajena, de los brazos indebidos, de querer enfrentar esos ojos ajenos y no encontrar el valor entre toda la sangre bombeada por el corazón, aquel que palpita incansable. Despertar pensando que todo mi rojo se combinaría con tu azul, que mis manos descubrirían el camino a tu corazón inalcanzable, creyendo sinceramente que las arrugas de mis manos se desvanecerían al continuar en contacto con tu piel, que mi calidez derrumbaría tu frío polar.
Y despertar, finalmente, juntando la voluntad para abrir los ojos, para dejar la luz entrar y chocar con la realidad. Dejar que el sol despierte en los ojos propios la realidad fría y blanca de una mañana invernal no tan de madrugada. Despertar la sangre que bombeaba relajada y en paz bajo el mundo desconocido de los sueños, aquellos que recorren cada célula de mi cuerpo, aquellos que no se derrumban porque pongas distancia. Mi corazón sigue bombeando rojo y calidez. Rojo contra tu azul. Cálido contra tu frío. Blanca y despierta, cada mañana, siete días, desde hace ya más de un mes. Pero roja, cálida y más que nada, despierta.

jueves, mayo 1

Una vez escrito un personaje, cobra vida. Ahora, ¿qué pasa cuándo viene a buscarte?

La mano recorría la quebrada de su espalda, la línea no tan marcada de su espina dorsal, se frenaba unos segundos más entre sus omóplatos, y después volvió a resbalar por el camino conocido, delicado. Los lunares de ella no huían a sus manos, él los recolectaba, como frutos de un bosque, cada uno venenoso a su modo, porque cada lugar de escondite traía su historia, cada uno desprendía el mismísimo rayo de sol que lo había hecho nacer. Recorrerla lo iluminaba y aún así y todo, no se dignaba a abrir los ojos.
La mano se enredaba en los cabellos de él, trenzándolos, alisándolos, corriéndolos de su cara, a veces no tan delicada, por ello mantenía sus uñas cortas. La brutalidad de sus gestos se contrarrestaban con la feminidad de sus pensamientos: ella podía quedarse horas mirándolo dormitar a su lado, las pestañas a penas temblando, los labios apenas entre abiertos y algún que otro lunar en su rostro. El hueco tibio de su cuello estaba para la mano de ella si quería descansar pero ella seguía. Hasta que comenzaba a extrañarlo y lo despertaba susurrando “Arriba, arriba”.

Las manos,
tocan.
Las manos,
conocen el tacto que la mente permite y que el corazón cede.
Las manos,
ceden. Como ella.

La mano corría los cabellos fuera del rostro de ella, bajan, por sus hombros, su cintura y descansaban en su cadera. Ella sonreía embobada y él la miraba en total seriedad. Podría jurar que los ojos le brillaban, quizá haya que hecharle la culpa a los lunares por eso. Él no sonreía y ella sí, muriéndose de curiosidad por saber qué se le cruzaba por la mente, más que de lo común. No hablaba mucho y sin embargo, a veces -y sólo a veces-, ella podía entenderle los ojos, abiertos o cerrados, las muecas, los mimos. Y eso, la mayoría del tiempo, bastaba.
La mano descansaba sobre su pecho, pero él no tenía que tranquilizar a su corazón, en esos momentos, no. Sonrió entonces e hizo muecas, ella río. Él la besó, como muchas otras veces, sin entenderla y sin saber cómo hacerlo. Sabía qué partes de su cuerpo al ser recorridas de determinada forma reaccionarían de un modo u otro pero no sabía que palabras decir para tranquilizar sus dudas, aquellas nacientes de esa inseguridad que recorría cada una de sus venas hasta nublar incluso en las cosas más claras -¿realmente eran así de claras?- su mente.

Las manos,
tocan.
Las manos,
se hacen lugar en la mente, para luego enfrentarse al corazón.
Pero las manos no son palabras,
aquéllas ceden,

éstas no.

martes, noviembre 19

El Chico Océano

Usualmente cuando miraba hacia arriba, los ojos le dolían. Desde que podía recordar, la luz le caminaba por los párpados, juguetona queriendo entrar en las pupilas. Celosas. Miró hacia arriba, obligando al dolor a irse, despacio, ajustando la luz a las pupilas. El iris se hizo pequeño y los mares azules alrededor de él se oscurecieron, casi como si fuesen un turbulento océano en una tempestuosa tormenta. La luz, a su vez, intimidada, se empezó a retraer en el cielo, entre las nubes. Éstas cada vez más y más se cruzaban y entrecerraban entre sí, aglutinándose todas juntas, temerosas de su propio poder. Entonces la vida del cielo se apagó, casi como un interruptor, como un corte. Ningún rayo atravesó el cielo, pero éste se volvió negro, en una conexión impredecible, imposible, entre los ojos del niño y el cielo.
Con los ojos negros, no se atrevía a cerrarlos. Temía inundarse él mismo, sentía el océano en su mirada y se sentía impotente al no poder manejarla. ¿Por qué él? ¿Por qué no otro?
Caminó paso a paso, suave, el dolor se mezclaba como la sangre con el agua, sentía cada litro recorrer sus venas como si lo estuviera observando en ese mismo instante, pero no. Sus ojos, bloqueados y enredados a cielo, como si existiese una invisible cadena entre los mismos y el techo terrenal. Sentía como la tierra se comenzaba a humedecer bajo sus botas, el cuero de las mismas no encontraba difícil caminar debido a que las plantas se hundían bajo sus pies, y aquel terreno que alguna vez había sido seco, era en ese momento, arena movediza. Pero él no se hundía, mucho menos el cielo. La tormenta no caía, se encontraban las gotas congeladas en el aire, cayendo y cayendo pero antes que tocarlo o tocar la tierra, se rozaban entre ellas, apresuradas, pero no caían. Se desaparecían en el aire sin razón o patrón alguno. Las gotas resbalaban de las plantas hacía arriba y se encontraban en la misma línea, desvaneciéndose en la nada al llegar a determinada altura, sin chocar, por tan poco, la otra gravedad.
No se detuvo al llegar a la orilla, sino que siguió caminado. La tierra debajo de él iba desapareciendo, todo a su alrededor era un océano, cuyas olas no lo alcanzaban pero que él percibía a lo lejos. ¿A dónde lo dirigía? ¿A dónde iban las gotas desvanecidas?
Y se hundió. Las olas lo cubrieron por entero cuando menos lo esperaba, y aún debajo de las aguas oscuras e imperceptibles de su profundidad, entre los azules y negros colores, las burbujas apenas perceptibles, él seguía mirando hacia arriba, sus ojos negros como piedras, ensalzados a la orquesta de nubes sin rayos o truenos, ellas solas haciendo su encanto tormentoso.
Hasta que el sol empezó a penetrar entre las mismas, como todo director.
Pero él no tuvo tiempo de adaptar sus ojos nuevamente. Entonces se hundió en la negrura de su profundidad. Cayendo. La cadena invisible hizo ruido contra el agua, al caer. Las nubes de alborotaron y silbaron junto al viento.Y él, él hizo lo que no debía hacer.
Él cerró los ojos, viendo toda la negrura de su propio interior.

Despertó, sin aire y con el corazón palpitándole fuerte en el pecho, como si quisiera salírsele.

Sin embargo ella lo abrazó por atrás mientras susurraba “Conmigo, no hay tierra más firme.

lunes, diciembre 31

Miradas Exploradoras


Sillón. El sillón tiene dos polos opuestos y continuos sin embargo. Y en cada punta, dos pares de ojos que se miran y se estudian. Ávidos. Buscan, curiosos, los detalles del otro, las características que lo hacen a uno persona. Y por definición, único.
Ella lo mira descubriendo un mundo, sentada con la espalda derecha, las gotas de la lluvia todavía cayendo por sus mejillas y pelo mojado. Los shorts de jean jamás le quedaron más apretados. Lo mira y va descubriendo sus brazos fornidos bajo la camisa completamente empapada, y sube. Sube hacia los hombros que le muestran una espalda que la cubre por doble, y sabe. Ya sabe, que la podría cubrir por entera, enredarla aunque ella gritara lo contrario. Y sube. El cuello y el escondite entre él y la oreja, pequeño, pero con perfume a refugio. Y sube a sus ojos marrones, ¿dónde nació en el chocolate sino es en ellos? ¿Dónde nació lo prohibido sino era en esos labios?
Él se sacude el cabello, para intentar secarlo sabiendo de antemano que no iba a tener ni el más mínimo éxito. Hasta que se percato de que estaba siendo observado y despacio, empezó a observar él también. El cabello ahora oscuro por el agua le caía alrededor del rostro blanco, blanco nieve. Y los ojos se le marcaban, se le marcaban a la perfección sin necesidad de maquillaje. Y los labios rodeados de pecas lo atraían con una fuerza magnética. Los shorts apretados por el agua que los había inundado, la blusa que rebelaba más de lo que podía aguantar y él que no sabía a dónde mirar, porque todo quería poder observar sin sentirse corrido por la vida, por el instante, por el aprovecha el momento. Maldito Carpe Diem. ¿Cómo acercarse a ella sin asustarla?
Ella cortó el juego de miradas exploradoras y se movió, pero no incómoda, y se acercó, aunque un mínimo centímetro y sus manos jugaban con las marcas del sillón. Él sonrió y se acercó más que un centímetro. Y el contacto entre sus ojos volvió a unirse, a enredarse, en uno. Dos pares de ojos que eran uno. Una mano de él terminó en la de ella y subió por su brazo, recorriendo cada uno de sus lunares y llegó a su cuello y ella se vio impedida de seguir mirándolo y cerró los ojos y él se acercó. Rostros a tan escasos centímetros. Y el tiempo detrás de él, por encima de él, a su alrededor, tic toc. Tic toc. Ambos manos de ella tomaron su rostro, de imprevisto, y juntaron labios. Unieron ojos, unieron labios. De más queda decir que unieron cuerpos. Tiempo se detuvo.
- Dijiste que no te iba a volver a ver, -sonrió él, divertido ante la espalda de ella desnuda.
- Y quién dijo que soy la misma de antes.

Evan se quedó atónito y se recostó en el suelo. ¿Dónde había quedado toda la química descubierta hasta hace unos momentos? Sintió el tic toc de vuelta, tic toc, detrás suyo, sobre su cabeza y todo a su alrededor. Ella se le subió encima pero él no la miró. Besó su escondite pero él siguió sin moverse, pensando.

- Evan -lo llamó ella. Él finalmente la miró, luego de unos segundos. - Antes fui una loca en un colectivo. Hoy soy yo. Yo entera. Mis lunares y mis cicatrices. No era antes ni la mitad de lo que soy ahora. Ahora soy yo porque tus labios besaron los míos y me diste realidad. Me diste existencia con sólo recorrer mi piel.

Él miraba, comenzando a sonreír. Analeigh lo besó de vuelta. Y su espalda volvió a acostarse en el suelo y la de él la cubrió por entera, la enrededo aunque ella quisiera gritar lo contrario.



Pero al despertar, no la encontró a su lado. Y él sonrió, sabiendo que el tic toc se había detenido en ese instante y que podía tranquilo esperar a que la vida se la trajera de nuevo. El algún otro colectivo, en alguna otra lluvia de aquellas, tormentosas. Después de todo se venía un año nuevo, ¿no?

lunes, abril 30

they are back


 - ¿Te tienta? 
 - ¿Mm? 


 Él la miró con los pochoclos en la boca, demasiado concentrado en comer como para haberse percatado de la escena en el televisor. Ella rió ante su boca llena, dejó el almohadón a la que estaba abrazada, se subió sobre las piernas de él, corrió el bowl de pochoclos de su regazo y lo miró. 


 - Mm... ¿Te referís a boxear? 

martes, marzo 20

if you're looking for love you can look for that door

- So, use me.

Susurros, en los oídos.
Van y vinien, los susurros.
Como la gente, las personas, las mujeres en tu cama.
Como va y como viene el mar, como ella te recuerda en sus uñas coloridas barridas por la arena.
Susurros Internacionales.

¿Te acordas?

La mordida de labios, dulce y lenta, tan lenta.
La camisa arrugada en sus uñas azules. La respiración ebria y casi matutina.
La sonrisa desde la cornisa, los labios Brutos de ella contra los tuyos.
Y el frenesí.

Hearts.

El ir y venir, frenético, pero candente.
Como si la música los llevara.
Dolor en el labio y su risa-remedio.
Y encontrarse acorralandola en la mesada culinaria.

- I don't mind that you call me only when you want.

O en las escobas, para barrer...
Barrer los recuerdos. Creo que eso pretendes. Pretender, no borra, mon amour.
Que ella mueva los labios despacio, cuando tus manos están insanas a su alrededor.
Porque los ojos comen la carne en la primera vez, y la vida se te va en ojos entrecerrados.

Entran ajenos. Entran entrometidos. Amigos que se vuelven archienemigos:
los Camus de Sartre&Beauvoir.
Y ella se ríe en el umbral, vos detrás.
Y la mano se te escapa y la agarras, Benjamina.

'Cause I just want this night with you.
Mareos ebrios, manos ebrias, besos sobrios. ¿Qué es diferente de antes?
Lo de ustedes no está ya indexado, y te preocupa lo que pueda pasar en su corazón.
Pero ya ella no lo tiene, ¿so?

pd. http://www.youtube.com/watch?v=fm4Tr9Sy6pk

miércoles, enero 4

crash into me

El colectivo iba rápido, lo suficiente como para desordenarle el cabello y hacerlo sentir en libertad. Eso era lo bueno de los colectivos mañaneros luego de una muy buena noche bailada. La rubia que lo había llevado al centro de la fiesta, debajo de la espuma, y el vestido negro pegado a su cuerpo. Y él, en la Gloria. Era tan fácil satisfacerlo, y por eso ellas lo llamaban sencillo, por ser tranquilo, por no inquietarse y no pedir de más. Y veámoslo de su lado, ¿quién puede negarse a polleras cortas y tacos altos?
Evan tenía dieciocho años, y pensaba disfrutarlos al máximo. Que veía la vida como un reloj enorme que lo apuraba, pero él no se sentía apurado, sino incentivado a hacer todo ya, sin cuestionarse. "Live fast and die young."
Y era en el colectivo donde se ponía a reflexionar, y daba un stop a su vida atolondrada y sonreía ante la vida que llevaba. Y así sentado cómodamente en el anteúltimo asiento del colectivo casi desierto con la excepción de un vagabundo borracho, la vio subir por primera vez. Ella, locura en persona. El nombre de Juana le sentaba a la perfección, más que su nombre real que él desconocía pero moría por averiguar. Conocerse, es como atravesarse el alma con los ojos y decir: te vi en sueños.
La cámara en manos de él, llamó la atención de ella, quien de improvisto y de su cartera microbio sacó un trípode que complementaba la Nikon en manos de Evan. Era de ensueño.
Ella se le sentó detrás y le susurró al oído:
- Te has atravesado en mí.
Y él no llegó a darse vuelta que ella lo tomó de la mano y bajaron corriendo a la próxima parada sin respirar, ella riendo, él atónito y el chófer gritando porque claramente ella no había pagado su boleto.
Pero ya estaban en tierra, pies en tierra. Las zapatillas rojas de él, a las cuales la alcantarilla había alcanzado al saltar del colectivo, ahora eran negras. Y la miró a ella, y ella, con las piernas largas y hermosas, ilustradas con pecas negras, como un dálmata indomable. Dicen que los dálmatas no son buenos, bueno, ella tampoco.
Así que con trípode y cámara en mano, corrieron y cuando menos él lo pensaba, terminaron en una colina cubierta por piedras, grandes y perfectamente imperfectas, imposibles de caminar sobre. Y aún así allí se sentaron, y ella tomando la cámara de él, se dispuso a sacar una foto al amanecer que allí nacía, dentro de los ojos de él. Hasta que se dio cuenta que otras tres ninfas de la noche estaban al lado de ellos y se disculpo por robar tal imagen.
Al instante por suerte, encontró otra a las espaldas de ellas y le dio click a la cámara. Y la magia de tal tecnología alcanzó a Evan, y él despertó.
Las ninfas rieron de la fotógrafa novata y compartieron consejos y secretos y frente a él, se desmontó el mejor de los desfiles.

Cuando ya el sol fue lo suficientemente claro, ella lo tomó de la mano y se sentó junto a él, mientras en el trípode acostado, crecía el pasto y lo enredaba al césped creciente (cual video de Keane).
Él la miraba, aún atónito y logró articular tres palabras:
- ¿Cómo te llamas?
- Analeigh. Y no, no me vas a volver a ver. Porque lo bueno siempre es corto, y prefiero que sea así, sin dolor y con sonrisas cada vez que nos recordemos.

Y la última imagen que Evan tenía de ella era de su falda corta y negra, de sus piernas encima de las de él, de sus labios carmín sonriendo en los de él, de sus manos en el cuello mordido de él, de sus pestañas haciéndole cosquillas y del colectivero sonriendo ante esas parejas que se forman en amaneceres borrascosos en la parte trasera de los colectivos.

Y todos esos recueros para jamás volverla a ver.

pd. http://www.youtube.com/watch?v=8yP3JGWVzFo

viernes, diciembre 23

"Lindo Hongo"

Y si te sientes acorralado, no hay nada que te haga daño. La lluvia reconoce lo extraño de cada situación. Retumban las palabras en sus oídos y en cada arteria que recorre su cerebro. Y puede observar las cada vez menores gotas que iban cayendo de los árboles y carteles de la ciudad bajo el llanto. La luz era completamente blanca, perfecta para el fotógrafo adicto al blanco y negro, pero no tanto para aquellas mujeres quisquillosas por su cabello. Y de aquellas mujeres que se preocupan pero sin razón: Shine On dirían mis cocineritos. Y verlas caer, esperando el colectivo que jamás iba a llegar. Y ver las botas romper con toda la armonía del momento. Las botas negras y embarradas. Las botas negras y embarradas en forma de desenlace de esas piernas. Subió la mirada siguiendo el camino que esas botas caóticas le trazaron y llegó a un vestido negro, que caía suelto, y a un chaleco azul cielo, y el cabello ondulado y desastroso, armoniosamente desastroso (para contrarrestar claramente con las botas) bajo el bombin de Chaplin. Chaplin la hubiera amado. El grueso delineado en los ojos y la sonrisa de quien no tiene atadura alguna. Evan la miró cuidadosamente. El colectivo llegó, se subió tras ella. La tentación de quitarle el gorro era demasiado para él pero por suerte ella solucionó rápido el contacto con la máquina tragamonedas. Uñas verdes. Cuando él mismo pagó su boleto, se sentó detrás de ella en los asientos singulares. El colectivo callado y apenas iluminado, recorría las calles de la ciudad de los libros (puf) con el rutinario recorrido, tan solitario por ser tan temprano en la madrugada. - Lindo honguito, -murmuró entonces, sin pensarlo. - ¿Disculpame? -le respondió ella, intrigada. - Tu sombrero... Es un sombrero bombin, ¿no? Bueno también lo llaman sombrero hongo. Ella se lo quedó mirando, y se dio vuelta sin decir nada más. Cuando luego de un rato, él se despertó sobresaltado por el repentino detener del colectivo, la vio pararse y dirigirse a la puerta. Antes de que ella bajara, él debía decir algo y lo sabía. Algo antes de que bajara los tres escalones hacía la realidad y hacía la zona de no-más-oportunidades. Pero ella le ganó la mano: - ¿Después de tantos años, lo único que se te ocurre decirme, es que mi sombrero es un hongo lindo? Siempre creí que eras inoportuno pero hoy, lo confirmé. Y así se bajó Analeigh, con su sombrero hongo, su cabello desastroso, su vestido suelto y sus botas embarradas. Y el barro alcanzó los ojos de Evan, cosa de dejarlo inconsciente hasta la mañana siguiente.

sábado, noviembre 12

like a heart beat moving through me

- Hay un chico que te está mirando mucho, -dijo el mejor amigo mientras esperaban a que llegara el subterráneo. Ella leía a Moro, en la más grande de las utopías, y tardo en hacerle caso. Para cuando lo hizo, sólo levantó la mirada interrogante. El amigo siguió- Demasiado.

- ¿Cuál?

- Ese, de anteojos ridículos y bermudas de jean deshilachadas.

Miel miró, el pelo le caía liso sobre los hombros en un intento de prolijidad, y se lo corrió de la cara, escondiéndolo detrás de la oreja para ver mejor. De reojo lo podría haber visto sino hubiera estado tan enfrascada en su libro, estaba de ellos a menos de cinco pasos largos para la izquierda. Las piernas flacas, y el morral a un costado. La remera en escote en v, blanca pura. Una barba de dos días en los contornes del cuello, los labios más mordibles del mundo, la nariz grande pero proporcionada. Los anteojos esconde-identidad. Y el pelo alborotado por locuras peluqueras.

El subte se detuvo.


Miel se paró, el vestido salmón sonrió.

Los cuatro pasos se hicieron eternos, y quedo un paso entre ellos.

Él se sacó los anteojos


y ella despertó.

(Si estás tan solo ¿por qué estar solos los dos?)

sábado, octubre 8

Set Fire To The Rain


Quién dijo que Romeo no podía ser buen amigo, ¿no? Miel se había vuelto de esas muchachas que ya no cantan en el subte sin miedo, sino de aquellas que tímidamente murmuran, porque definitivamente en sus cabezas siguen haciéndose la película perfecta de un video oficial de alguna pegadiza canción de pop psicodélico. Increíble, Miel se sentía Mary en un video de hermanas tijeras. Y la vida era eso, vivir en un cuento a lo Don Bluth, con ojos grandes y verdes y cabellos largos como Rapunzel. Y que hablar de palacios rojos y rosas inmortalizadas en estantes de habitación con historias.

Tenía que cortarse el pelo, estudiar, amigarse con Celeste, ver al otro hdp todos los días, salir con uno que la hacía olvidarse del mundo por un rato pero el efecto era demasiado efímero para su gusto. Oficialmente salía con un músico. Apa, ¿no? Y a todo ésto seguir estudiando.
Quería vacaciones (¿y quién no?), unas olas que vinieran y volvieran en los piecitos fríos, y bailes con el vestido salmón que se había comprado para él. Hold on.

Sólo queda decir una cosa: le encanta imaginarse tu sonrisa del otro lado de la pantalla.

sábado, agosto 27

porque el amor cuando no duele, mata


"Cada vez que te recuerdo viene a mí una imagen,
éramos tú y yo de safari en el parque."

¿Dónde se quedó? Varado en una parada de colectivo, escuchando Sabina, que el pie baile al compás sin sentido. La señora detrás de ella, de anteojos gruesos negros esperaba el mismo colectivo, pero no iban al mismo lugar. No. Nadie va al mismo lugar, aunque se bajen y suban en la misma parada. Sentirse bohemia haciendo aritos sentada, o leyendo en inglés best-sellers que intrigan a la gente a hacer maniobas extrañas para leer la tapa y saber de qué se trata. Encontrarse a desconocidos en el colectivo y saber que hay que aprovechar y estudiar pero bueno, las cosas que pasan en los colectivos. Y abrir la ventana y oler la lluvia venir, pero no viene. Y recordar entre otras cosas, manos gruesas en la cintura y un año atrás cuando una rosa termino en sus manos, un beso en sus labios y una nueva fuente de inspiración en el corazón. ¿Sabes hacía cuánto que no escribía? Just give me a chance to hold me.

- Ronroneas como un gato, Serafín.
- Shh.

¿Pero dónde estás? Tenerte a diez minutos dios, rezarte y que no aparezcas. De verdad olvidaba ella que eras agnóstico (¿o ateo?) Te conoce tanto querido. Como observadora se llevaría el Nobel, como tu amante un 0 pero la de los demás, ve a preguntar. Que un italiano de por ahí la viene rondando con los barquitos venecianos, remando que da calambre. Las oportunidades pasan mi amor. Y Miel huele a primavera, y ya no le preocupa.

No lo dudes. Yo creí lo que viví, era la verdad.

Querer cruzarte encontrarte y traerte de vuelta. Pies a tierra, subterráneo. WAKE UP

viernes, julio 22

El Sillón

(http://www.youtube.com/watch?v=2ZK23sxkpk0&ob=av2e)

Las manos llenas de carboncillo, el jardinero desabrochado, el flequillo desordenado y una manta escocesa azul sobre sus piernas. El sofa de terciopelo antiguo, con sus cuantos años de historia encima y de otras piernas sucias. Ella, acostada, con la relajación recorriéndole el cuerpo, dormida y en otro mundo.

Pero él no.

Él exactamente estaba con los pies bien en la tierra, sentado frente a ella, y sin poder dejar de sonreír. Después, poco a poco, bajo uno a uno sus dos pies al piso y el papel bajo el peso crujió: los mil y un dibujos que habían hecho horas antes. Pateó sin quererlo una botella y un poco de cerveza manchó uno de las ilustraciones, y por más que se apuro en enderezárla, no pudo evitar lo inevitable. Al instante una mano conocida, llena de carboncillo, tomó la botella de las manos de él, sin sacar la otra de su hombro, se tomó lo que quedaba y lo miró sonriendo. Con esa sonrisa auténtica de ella, que podía volverlo loco al instante.

Y un beso. También de esos de película, con espalda arqueada, las manos de ella en su cuello y las de él, ahí justo donde la cintura se encuentra y la espalda se arquea.

Si les digo que el beso terminó en el sillón de terciopelo antiguo, y el rostro de él dibujado en carboncillo, y muchas risas con aire de verano, con el tono dorado en ambos dos, ¿me creerían? Porque eso también paso. Una vez un amigo me dijo que los sillones tenían el enorme poder de crear el más grande de los rumores, como también el más mentiroso; además, los sillones también esconden secretos. Y guardan las mejores frases de charlas que parecen tan guionadas.

Pero claro esta, que luego de tantas sonrisas y besos, comienzan las respiraciones profundas, los besos, ¿cómo describirlos? Respirados. Entonces, aparecen de tales frases, un millón.

- Te estoy llenando de lápiz, -le dijo ella riéndose.

- Dibujame, no me importa, -le respondió él.

Los besos seguían dándolos vueltas en el sillón, como ruleta Rusa. Y reían porque ella tenía el lápiz en mano, y él intentaba por todos los medios no quedarse en ninguna posición estática para que ella no pudiera ilustrar nada por entero. Hasta que lo logró, un elefante chiquitito en el pecho de él, sobre el lado del corazón. Cuando él lo vió le preguntó porqué un elefante y ella respondió:

- Porque los elefantes no olvidan jamás.

- ¿Y que no queres olvidar?

- A vos.

miércoles, julio 6

"Excuse, what's your name?" "I'm Autumn"

Ayer soñó. Hace mucho que no soñaba. Y soñaba con un rubio de esos que te matan con sólo mirarlos, son inyecciones de sonrisas cómplices que fascinan. Ay Dios, pero no le vio la cara, en ningún momento. Fue como si sus ojos se quedaran en el hueco de su cuello y su pecho: como si sólo importara atarlo a ella, y la mejor forma de lograr ese cometido es agarrando a alguien del pecho, porque ahí está el corazón y ahí se queda. Beso al cuello, beso que va, beso que transcurre todas y cada una de las venas, preguntarse quién es. Quién soy. We don't mean to rush this, let's just take it slow. Tócame, séntime, estoy acá. Jamás me fui. La mayor parte del sueño vio su espalda, ni grande ni chica, justa y perfecta. ¿Cuál es la definición de "perfecto"? Es tan subjetivo. Tus labios, ay.



Miel se derretía ojos cerrados, y el sol entrando por la mañana. No me voy a cansar de decir que el sol invernal es lo mejor que hay en el mundo, más en la mañana. Que te da como la sensación mágica de que alguien te extraña y te sentís querida o querido. Amar. Te quiero. ¿La queres? Le falta inspiración, "everybody need inspiration" citando a Miley. Extraña los escenarios, quiere viajar, extraña tanto el verano.
Ensuciarse las
sandalias y comer helado. Ay ay. Sólo 12 días para un poquito de libertad y volver a ser ella: va a costar. Estaba acostumbrada a que dos fueran uno, ya te había adoptado, dentro de su piel y que ella se imaginaba desnuda. La leías entera y ella vos. Ella y vos.


pd. con respecto al rubio: el 18 hay locura, y Miel tiene en sus planes buscar uno exactamente así.


Better hold on:
Quiere volver.
Miel está volviendo querido.

viernes, junio 17

can't you see: you're beautiful?




- Fal tan só lo dos dí as.
- ¿En se ri o?
- Podemos ir a un concurso de deletreo.
- Na, los deslumbraríamos con nuestra inteligencia.

Ella rió sentada con las piernas balanceando sobre el borde del lago, él con su suéter rosa (de abuelo, cómico pero real) la miró.

viernes, junio 3

"Es re de virgen chapar"





Resfriada, sniff.
Miel miraba la pila de libros y fotocopias para leer y no quería, pero quería, pero prefería ver películas y sobredosis de series donde habían Mr. Fitz tiernos y que comprenden y regalan libros que valen la pena leer. Y lo único malo, era tener que estudiar pero valía la pena. Digamos que para cambiar el mundo, ¿hay que aprender de aquellos que lo intentaron ya?
Si, eso me aparece a mí, al menos. ¿Opiniones contrarias?

Hoy era uno de esos días en que le apetecía abrigarse bien, llenar el bolso de pañuelitos descartables, meterse la boina tapando las orejas y una buena chalina rozando la punta de su nariz. Ir al río y leer, tranquila, de que nadie te apura, salvo ella misma, y que todo iría yendo, sólo era cuestión de tiempo y todo iba a pasar.

Tal cual caen todas las hojas del árbol y se queda desnudo, las penas se iban a ir abandonando cada poro de piel. Penas y preocupaciones sin nada de Pride and Prejudice. Que buenos recuerdos. Extrañar amigas, pero ya iba a haber tiempo de verlas y reír sin pensar en políticos y sus teorías rebuscadas.

Sólo dieciocho días bonita, ya llega, ya llega.
Que la madurez caiga con tu edad
(y que a vos alguna vez te caiga).

pd. Aclaración al título: En Argentino significa: "Es de virgen besar". Cambio & Fuera.

sábado, mayo 21

you feel great but you're torn inside


Te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño te extraño y te sigo extrañando.

Y te necesito mucho más, te extraño demasiado. Necesito tu cuello y respirarte y necesito tus brazos para cuidarme del frío. Y para contarte todo y que me digas que me preocupo por nada y así calmarme. Te sigo extrañando y duele, y parte el alma. Y mi orgullo se mantiene con la frente en alto pero bien sabemos los dos que soy tan bipolar que puedo usar mi otro lado para decirte todo ésto. Si es que alguna vez lo vas a leer sin pensar que estoy locamente histérica y que me faltan varios jugadores. Me está consumiendo.
Tu falta
y tener tu chalina escondida en el placard.

Entra en mi habitación y llevátela sin que me de cuenta.
Prometo no atarte a mi muñeca
(o al menos intentarlo).

Y así la muchacha escribía, otra vez, otra carta. Porque creía que las palabras podían aún cambiar algo de lo que entre ellos había pasado. Porque para ella había ahí algo por lo que luchar.

Miel leía el libro en manos, y se daba cuenta de cuán mejor era vivir entre hojas, nadie te lastimaba de esa forma. El dolor era el solo pasar de hojas y rasparse de vez en cuando con algunas de aquellas filosas y nuevas. Sentirse, ¿sola? O más que eso. Dónde quedo la alegría, dónde se la llevaron. Dale un electroshock a ese corazón, por favor.
Porque no palpita, no.
Y no tiene guía ni rumbo, ni le interesa.

Volve, volve por favor.
pd. ¿quieren saber lo peor? Ya no hay más tiburoncitos, por ningún lado.

jueves, marzo 24

Miel quería ser aquella chica de la cual él se enamorara por no tener miedo de mojarse bajo la lluvia


Huele a césped y a cigarrillo. ¿Cuántos recuerdos puede traer un suéter azul revolcado? ¿Un par, quizá? No lo sé, Miel tampoco. Tenerlo encima y sentir su respiración, rápida, y la sonrisita picarona, aquella de costado, y ella pudiendo leerlo entero. Si los perros hablaran, dirían tantas pavadas tan ciertas, pero por suerte no. Así que en la miradas se esconden los más profundos deseos, en las miradas se quedan los impulsos, y desde el iris del ojo a la uña del pulgar, la racionalidad. Siempre ahí presente. Como quisiera que la racionalidad inundara tu orgullo ahora. Ahogate, morite, volve a nacer. Y crash.
Pollera nueva, ahora rota. Luego cocida, en un futuro cerquita.

Miel se acostó en su cuarto, y se sintió tan vacía y tan...
¿Asqueada?

Es que podían haber mil labios en todo el mundo, y mil cuellos para morder, pero ella tenía en la boca del estómago a sólo un par. Y los extrañaba tanto que el corazón se le estrujaba hasta dejarla sin respirar, y lloraba del dolor. Porque duele. Duele duele duele. Y a vos no te importa. A Romeo no le importa, supongo habrá encontrado a su Julieta, y vio en Miel, sólo un amor de primavera. A la mierda con las hormonas y las flores, aprende que tu orgullo no te va a llevar a ningún lado. Apréndelo. Pero odiarlo no servía para nada, entonces se acostaba en su cuarto vacío a llorar o a escuchar sus padres pelear.

La noche cae, negra y el frió le entra por el suéter agujereado y ella sólo quiere saber si la quieres, y si la extrañas. Porque sino es así, si exactamente es lo contrario, si es que ya no la soportas y no pretendes más de ella, le gustaría que se lo dijeras.

Para poder conseguirse un pulmotor para seguir adelante.
Porque el corazón ya no le va a funcionar.

pd. ¿sabes lo que fue creer verte tomar el subte en Plaza Italia?

miércoles, marzo 2

El Lago

(http://www.youtube.com/watch?v=FRSH-egVyzk)

Era la época de los veranos inolvidables, de esos que te venden en las películas que te hacen llorar una y otra vez. Siempre tuve la teoría de que de algún lado los escritores y guionistas sacaban sus ideas, de experiencias propias, o quizá ajenas, pero en sí, de experiencias jamás más humanas.

Ese día en particular, el lago brillaba con una luz cegadora, y su quietud era apenas disturbada por alguna que otra brisa. Ella miraba atenta el lago, hasta que se sambulló, sin previo aviso. Alterando toda tranquilidad del muelle. Y él la miro desde la tierra. Tierra firme. Sonriendo a más no poder.

Cuando ella salió, él ya estaba allí, sentado en su lado del muelle. Algo así como el lado de quién en una cama matrimonial tenían aquellos dos. Ella siempre iría del lado izquierdo y él del derecho. “Que manera de discriminar al izquierdo que tenes,” le murmuraba ella antes de morderle la mejilla, y en fin, alterarlo. Como al lago, al muelle, y la quietud. Tengo otra teoría de eso, quien te enamora es quien logra alterarte hasta incluso el dedito chiquito del pie, quien logra moverte el piso de una forma desestabilizadora.

Ella lo miró, sonriendo y le mostró lo que había encontrado, una alianza. Nada menos que eso.

- ¿Quién podría arrojar algo como eso al lago? -le preguntó él, sorprendido.

Pero ella sólo levanto los hombros, en señal de ignorancia. Se la quedó mirando en su mano dorada por el sol, mientras las gotitas iluminadas caían de su mano. Él la miraba, el flequillo mojado, y los shorts de jean alguna vez claros, eran oscuros, oscuros como la profundidad. Del lago, de la alianza sin fin, y de los ojos de él. Quizá por eso estuvieran aquellos tan conectados con ese jean. Ella se percató de cómo la miraba, dejo la alianza entre el suéter, y despacio, casi sin perturbar nuevamente al lago tranquilo, se volvió a sumergir. Le sonrió, con una ceja levantada, invitándolo a entrar. Un solo decir que no estaba fría hubiera servido también como invitación, pero no, no era necesario.

Él se quito la remera, y no le importo para nada el lago, cayó junto a ella cubriéndola de más agua. Y la abrazo ahí, bajo el agua. Bajo el mayor secreto de verano que se podía ocultar.

Pero de esta historia no quise realizar ninguna teoría.